Futbol

Dormir con el enemigo, casos en Flamengo y Junior para el diván de Freud

Bogotá, 29 nov (EFE).- Para explicar, solo Freud.

La histeria, piedra angular del psicoanálisis, la práctica terapéutica fundada por Sigmund Freud, está tomando cuenta del Flamengo y corre el riesgo de convertirse en un trauma para casi todos sus 45 millones de seguidores, que no aguantan a su portero Alex 'Muralha' Santana.

Odiado por errores groseros que han costado goles y valiosos puntos al más popular de los clubes brasileños de fútbol, el jugador, cuyo apodo equivale a muralla, es visto como el principal villano de una temporada irregular.

El jueves anterior Muralha ingresó a los 19 minutos del partido de ida de las semifinales de la Copa Sudamericana contra el Junior colombiano en sustitución del titular Diego Alves, que se fracturó la clavícula. Y a los 52 segundos, en una salida insegura suya, Teófilo Gutiérrez puso adelante a los visitantes.

La paciencia de los hinchas se agotó el domingo pasado tras un crucial partido del Campeonato Brasileño, pues dos fallos suyos permitieron al Santos ganar de remontada por 1-2.

A un día del partido de vuelta de las semifinales de la Sudamericana contra el Junior en Barranquilla, el entrenador Reinaldo Rueda está ante el dilema de seguir arriesgando con el cuestionado portero o jugar a otra peligrosa ruleta rusa: elegir entre el tercer portero o el cuarto.

La histeria como consecuencia de temores y amenazas internas que Freud diagnosticaba a sus pacientes acosa a muchos 'torcedores', que creen que, con Muralha titular, los partidos del Flamengo parecen ser contra once enemigos "y un traidor".

Muralha nació hace 28 años como Alex Roberto Santana Rafael en Tres Coracoes, la cuna de un tal Edson Arantes do Nascimento. Pero, a diferencia de Pelé, no fue tocado por los dioses del fútbol.

No obstante, Muralha entusiasmó en sus mejores días. Tanto que el año pasado el entrenador Tite lo convocó para el banco de la selección brasileña en los partidos de las eliminatorias del Mundial contra Venezuela y Bolivia.

Si el neurólogo vienés Freud viviera para analizar el fútbol, quizá encontraría una terrible coincidencia entre el impulso autodestructivo mostrado por ciertos pacientes, en la misma medida que buscaban el placer, y el comportamiento observado en los más radicales hinchas al evaluar a los jugadores de la plantilla y explicar los resultados del equipo en un torneo o la temporada.

No faltan casos.

Si los fieles del Flamengo están por estos días al borde de un ataque de nervios, hace dos décadas hinchas del Junior llegaron a creer que su equipo dormía con el enemigo.

En 1996 Carlos Araujo, un volante mixto que terminó jugando como ariete, era la diana preferida de los más inconformes de la afición barranquillera.

Delgado y de piernas encorvadas, ponía cara de buen hombre ante la adversidad que le acechaba. Parecía frágil en extremo y, por más que lograra un buen desarme al rival o un lanzamiento preciso para empujar un ataque, su esfuerzo no le alcanzaba para merecer el crédito de los ocupaban los graderíos del estadio Metropolitano.

Incompetente no podía ser la definición para la carrera de un jugador que marcó 56 goles y fue titular y partícipe de los títulos de Liga conquistados por el equipo Tiburón en 1993 y 1995.

"Araújo no solo no bajaba los brazos ante sus fracasos con la pelota, sino que regaba la cancha con su sudor", escribió el cronista colombiano Alberto Salcedo.

Parecía una merecida absolución, pero el límite de la paciencia con Araújo era mínimo.

"Cada error del muchacho era superior al anterior, como si estuviera puliendo la obra maestra de su desastre", añadió Salcedo en el libro 'De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho', publicado en 2005.

El 24 de noviembre pasado, espantado con la crucifixión pública a Muralha, el periodista brasileño Eric Faría llegó a compararle con el Rocky Balboa del cine, por los golpes que recibía de todos lados.

Tras revelar que, como consecuencia de la rabiosa persecución pública, la madre del jugador tuvo que ser ingresada en un hospital con una crisis nerviosa, Faría dijo confiar en que al final obtenga la redención, como el púgil al que dio vida Sylvester Stallone.

El Rocky Balboa brasileño quizá necesite una catarsis, el método freudiano que consistía en hacer retroceder al paciente mediante hipnosis al momento en que sufrió el trauma que originó su mal.

Si Freud viviera...

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