Deutsche Bank

Qué es la economía azul, un mercado de 24 billones de dólares

  • Genera un valor económico de al menos 2,5 billones de dólares anuales
  • Una mayor participación del sector privado fomentaría la innovación

Aproximadamente, un 71% de la superficie de la Tierra está cubierta de agua de la que más de un 95% proviene de los océanos. Según la Administración Nacional de Asuntos Oceanográficos y Atmosféricos de Estados Unidos (NOAA), los océanos producen un 50% del oxígeno mundial y absorben el 93% del calor derivado de los cambios en la atmósfera. Unas cifras que ponen de manifiesto la importancia que tienen para la vida.

Como fuente esencial de alimentos, energía y otros recursos, la preocupación sobre el daño que están sufriendo mares y océanos no para de crecer. De hecho, más de 3.000 millones de personas en todo el mundo dependen de la biodiversidad marina y costera para su sustento, según estimaciones de Naciones Unidas.

Es en este contexto donde entra en juego la conocida como economía azul. De manera amplia, se trata de la actividad económica que está directa o indirectamente relacionada con los océanos, el medio costero y los ríos. Eso sí, de manera más concisa, el Banco Mundial la define como el uso sostenible de los recursos de los océanos para el crecimiento económico, la mejora de los medios de vida y el empleo, al tiempo que se preserva la salud de los ecosistemas oceánicos.

Precisamente, desde el punto de vista económico, cabe destacar que la economía azul está valorada en 24,2 billones de dólares y genera un valor económico de, como mínimo, 2,5 billones de dólares anuales, o lo que es lo mismo, equivaldría a la octava economía del mundial, según previsiones del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). En este sentido, se prevé que para 2030 se expanda al doble de la tasa de la economía general. Por su parte, la Comisión Europea indica que en 2018 la economía azul generó más de 750.000 millones de euros, el mismo importe que los fondos de recuperación recogidos en el Next Generation.

Eso sí, desde Deutsche Bank señalan que "es posible que se subestime su importancia económica. Si se toma una definición más amplia que incluya los servicios de los ecosistemas que no son de mercado (tales como su valor para mantener el medio ambiente del planeta, por ejemplo, a través de su contribución para reducir la temperatura), estas cifras aumentan. Según una reciente investigación, los servicios de los ecosistemas equivalen a un 80% del PIB mundial, 30 veces más que la contribución directa de los océanos al PIB".

Los retos de la inversión azul

Invertir bajo criterios sostenibles está cobrando cada vez más importancia. Más allá de la rentabilidad pura y dura, los inversores buscan que sus decisiones tengan a largo plazo un impacto positivo en la sociedad. La economía azul puede englobarse dentro de lo que mundialmente se conoce como inversión ESG (siglas en inglés de factores medioambientales, sociales y de gobierno corporativo) debido, entre otras cosas, a su impacto en la biodiversidad global y su papel en la lucha contra el cambio climático; por los elevados niveles de empleo directo e indirecto que genera; y los beneficios de la correcta gestión de este enorme recurso económico.

Como recuerdan desde Deutsche Bank, "un aspecto clave es cómo combinar una mayor financiación privada de iniciativas (que seguramente será necesaria) con objetivos ambientales y sociales. Este será un campo abierto a nuevas empresas e inversiones a medida que la tecnología nos permita entender mejor cómo funcionan los sistemas marinos y la gestión global de la economía azul evolucione. Las necesidades de las empresas y el medio ambiente son, a muy largo plazo, las mismas: la salud del planeta".

A este respecto, desde el banco han identificado varios retos a los que se enfrenta la inversión en economía azul. Por un lado, la gran proporción de inversiones procedentes de los gobiernos. Un 80% de la financiación para la biodiversidad proviene de mecanismos que no son de mercado, principalmente del sector público, y depende de la normativa para su implementación. "No obstante, el gasto público en programas de 'océano azul' puede ser cíclico y, por ello, debería fomentarse un enfoque del sector privado para garantizar la innovación. A largo plazo, deben establecerse mecanismos fiables para facilitar un incremento continuado de la financiación", indican desde Deutsche Bank.

Por otro lado, existe descoordinación en materia de impuestos, subvenciones e incentivos económicos, lo que provoca un entorno poco favorable para los inversores institucionales neutrales en cuanto a la ubicación. Otro de los desafíos son las subvenciones perniciosas. En 2018, las entidades públicas concedieron un total de 35.400 millones de dólares de subvenciones para la pesca (si bien estas llegaron únicamente a un 16% del sector de la pesca a pequeña escala). Las grandes explotaciones pesqueras reciben subvenciones mucho más sustanciales, por persona empleada, que el sector pesquero a pequeña escala y las subvenciones para la creación de capacidad están vinculadas a la sobrepesca.

Asimismo, desde la entidad apuntan a los datos y las mediciones incoherentes, dado que hay cuestiones y parámetros desconocidos sobre muchos elementos específicos de la economía azul, y a la medición de la conveniencia de la actividad económica. Así, los reguladores deben asegurar que las nuevas actividades económicas de la economía azul tengan un impacto neto positivo.

Por tanto, y teniendo en cuenta que el 80% de la financiación no proviene del mercado, una mayor participación del sector privado podría fomentar la innovación. De hecho, ya hay proyectos interesantes en este sentido. Es el caso del primer bono azul emitido por la República de Seychelles de 15 millones de dólares para fomentar la pesca sostenible y, por ende, la seguridad del empleo y de los alimentos. En 2019, el Banco Nórdico de Inversiones siguió sus pasos con una emisión que alcanzó los 2.000 millones de coronas (más de 180 millones de euros) para proyectos de tratamiento de aguas residuales, de prevención de la contaminación del agua y de adaptación al cambio climático relacionados con el agua.

"Aunque el respaldo de los gobiernos a las cuestiones de la economía azul podría aumentar en el futuro, muchos creen que los enfoques de mercado podrían tener más potencial en caso de que puedan establecerse mecanismos fiables a largo plazo", sostienen desde Deutsche Bank. Los bonos azules entroncan directamente con el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) número 14, Vida Submarina. Cumplir con estos objetivos requiere cambiar múltiples procesos productivos y buscar otra forma de hacer las cosas, lo que exige inversiones anuales de entre 5 y 7 billones de dólares, según datos de la ONU.

De este modo, la irrupción de los bonos azules amplía las posibilidades y herramientas de financiación para conseguir estas metas. Es más, algunos expertos esperan un crecimiento similar al que han vivido los bonos verdes. Tanto es así, que el Banco Mundial se ha implicado en las primeras emisiones de bonos azules como ya hizo en su día con los verdes.

Gracias a estos avances, se abren nuevas oportunidades como el desarrollo de una cartera de proyectos, la innovación en instrumentos financieros o la movilización de capital público y privado. Y todo ello con un horizonte de largo plazo.

En definitiva, tal y como señalan desde Deutsche Bank, "una revolución sostenible en la economía azul exigirá revaluar lo nuevo y lo viejo. El desarrollo de nuevos sectores en áreas relativamente poco exploradas ofrecerá oportunidades interesantes. Dicho esto, igual de importante será reinventar industrias existentes que son ya relevantes para la economía y el empleo en unas formas que comporten menos problemas sociales y ambientales. Esto nos ayudará a superar un legado histórico diverso y a asegurar la solidez futura de la economía azul, que es importante para todos nosotros".

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